10/07/08

Una noche en el Valdivia

ca3d9a7077f95668b8b2dceec0ef6cc6.jpg

Por Lady Caroline (Esta semana un desinteresada lectora del semanario quiere compartir su experiencia de haber visitado el Valdivia).

 

Enfilamos por Vicuña Mackenna hacia el norte, manejaba la nueva camioneta Mahindra de mi hermano mayor, una pick up india barata y de mala calidad, que sonaba entera. Veníamos de un asado muy prendido con compañeros de universidad. Día miércoles a las dos y media de la mañana, la camioneta me decía que había cuatro grados afuera, y mi cerebro que manejar con esta neblina es suicida. No había gente en las calles.

Estaba tremendamente excitada, con los calzones mojados, los pezones duros, las manos temblando de nervios. No habíamos besuqueado en el auto a la salida del asado, y sin pensarlo había decidido que tenía que hacerlo mío.

Pasé Irarrázaval y doblé a mi derecha por una callejuela, contra el tráfico. Seguía las instrucciones que me daba mi copiloto y amante por una noche. Me miré los ojos en el espejo retrovisor: alcancé a pintarme a la rápida en el baño antes de salir, por suerte. Torcí nuevamente, para entrar a una propiedad en que se erigía una construcción sin forma. Un hombre sin cara nos guía hacia un estacionamiento rodeado de paredes de cholguán, y baja una cortina que tapa el vehículo hasta debajo de la patente.

Frente a nosotros, un televisor apagado y un letrero que nos da la bienvenida al mágico Hotel Valdivia. Unan lista de precios nos inhibe en un primer momento: nuestra habitación soñada cuesta más de cincuenta lucas, pero mi amante de una noche me dice que no me preocupe, que porta su tarjeta de crédito.

Una mucama de rostro asiático y actitud mitad servil mitad juzgadora nos indica que debemos dejarle las llaves del auto al valet parking. Nos pregunta qué habitación deseamos. Nos advierte que podemos quedarnos hasta el día siguiente, si así lo queremos. Nos miramos con curiosidad y risa. Mi amante contesta: “el caracol, por favor”. Y agrega: es sólo por unas horas”. Por alguna razón esta última frase no me cayó bien. Comenzamos a seguir a la señora por pasillos y recovecos interminables, rodeados de paredes de bambú y el relajante sonido del agua cayendo de múltiples mini cascadas de rocas falsas.

La damisela nos abre la puerta de la suite “caracol”, y no podemos creer que vayamos a tener sexo en un lugar así. Hipocampos danzantes y caracolas de múltiples tamaños nos transportan al fondo del mar. La habitación parece no tener esquinas, sólo bordes curvos cubiertos de miles de espejos, todo en suaves tonos pastel y dorado.

Nos fundimos en un abrazo apasionado sobre esa cama con respaldo en forma de concha, sintiendo el sólido tridente de Poseidón de mi compañero, que trata de abrirse paso entre mis piernas. Nada de películas porno ni de jacuzzis para avivar la libido: en esta pieza somos nosotros los protagonistas de nuestra propia versión de “La Sirenita” en versión XXX.

Me quito la ropa, no sin cierta decepción por no tener una cola de pez en vez de mis bien torneadas piernas. Las paredes de esta fantasía son como la entrada del Apumanque, con un espejo tras otro, sucediéndose interminables, reflejando con voyerismo y obscenamente en cada ángulo los arranques de lujuria de mi amigo.

De su bolsillo saca un preservativo que según él “te lo anestesia, y durai el triple”. Dios mío, ojalá sea verdad, necesito un buen polvo desde hace meses, y no un eyaculador precoz a lo Forrest Gump como la última vez.

Se sube a un caballo de mar blandiendo su arma mientras termina de desvestirme. Un largo e intenso juego previo, que casi me hace alcanzar el orgasmo, es el preludio de una suave pero a la vez profunda penetración, nuestro pecado repetido hasta el infinito en los miles de espejos submarinos. Veinte, treinta, cuarenta minutos de intenso trabajo, esto no se acaba nunca, el sedante parece haber hecho efecto. Orgasmos múltiples se suceden uno tras otro cerca del final de la acción, sumergida en las tibias aguas de un profuso sudor y otros fluidos que nos empapan.

Cardúmenes de peces, estrellas de mar, algas que se agitan nos rodean, y un grito desgarrador de mi amante es la señal que esta travesía ha terminado.

Comentarios

bakan!
que bonita historia .

Anotado por: io | 10/07/08

ya po culiao maricas
las mujeres tienen sus historias
ya poeas! longies las mejores
historias de calxones mojados

son puros hueas

Anotado por: io | 12/07/08

maricas!
todos

Anotado por: io | 12/07/08

hey perdon ese no fui io
fue mister jekill

Anotado por: mr jekill | 13/07/08

Oye "amiga" escritora, perdóname pero no te creo que seai mujer. Esa historia y la manera de narrarla, y los detalles en que se fija solamente puede haber salido de la mente de un hombre. Perdonen mis prejuicios. Y las camionetas indias Mahindras no son tan malas. Te creo un auto chino o koreano...

Anotado por: Aires Mateus | 14/07/08

Comparto la observación anterior: El autor es un hombre, tratando de narrar la historia como si fuera una mujer. Pero no es coherente. Lo que no significa que no sea una buena historia: La ambientación está bien lograda, el erotismo se siente. Recomendación: Habría sido más sabroso que el tipo durara tanto usando Lifter.

Anotado por: El Padrino Inabordable | 16/07/08

Me imagino que será una de los cuantos cetáceos horrendos que circulan en busca de ser clavada, con su hurón palpitante hambriento de algo que no sea sus cinco dedos. Compadezco a ese infeliz, incluso después de su acertada decisión de, el acto y la huida, ya que despertar con las dos monas es algo que pocos pueden superar.
Ahora, el final es una mierda.

Anotado por: fede | 24/07/08

Dejar un comentario